Un
milagro navideño
Terminó la discusión sentenciando que la navidad era
un día más, que no debería hacerse tanto alboroto. Pero no siempre fue así. O
por lo menos, no para él. Ciertamente desde pequeño la víspera de navidad traía
su propio aroma. No como en las películas de Hollywood, donde los adornos rojos
y verdes taponando la nieve parecieran encubrir el crudo invierno, sino el aroma del
incipiente verano, generalmente pasado por agua. Recordaba esas navidades en
casa de sus padres; la pirotecnia siempre insegura; los efluvios de la carne
asada y el candor del brindis con un beso. No recordaba exactamente el momento
preciso en que empezó a odiar las fiestas. Pero, muy seguramente fue cuando
sucumbió a la madurez. Cuando dejó de ser niño y perdió las esperanzas para siempre.
Se recluyó por
completo en la más absoluta soledad cuando abandonó el hogar de sus padres. Impostando
una pretenciosa independencia afectiva, en pos del crecimiento profesional Odiando
cada uno de los acontecimientos donde se demostrara algún tipo de amor. Sin
amigos ni familia. Discutía con cada
desconocido que defendiera las festividades, siempre en el anonimato de las
redes sociales. Detestaba el calor sofocante de Diciembre, aquí en pleno centro
porteño.
Sus padres nunca perdieron las esperanzas. Cada 20 de
Diciembre comenzaban una larga peregrinación telefónica para convencerlo de
festejar la noche buena en su casa. Pero
él siempre se las ingeniaba para matar sus esperanzas. No atendía las llamadas,
o atendía con deprecio y si ellos osaban acercarse en persona, apagaba las
luces de su departamento y se echaba una buena siesta hasta que se fueran. Así
por 10 años largos esquivó los festejos navideños.
Hoy estamos a 24 de Diciembre. Aún nadie ha llamado.
Aún nadie ha tocado a su puerta para rogarle festejar la noche buena en familia.
Contrariamente, no se siente liberado. Se siente extremadamente sólo. Desea el
aroma de esas navidades de la infancia, de las veredas recién baldeadas; anhela
el sonido inseguro de la pirotecnia; el humo de la carne asada y sobre todo, el
candor de los brindis con un beso. Decide llamar a sus padres, quizá aún
quieran recibirlo…